Es la duda que surge siempre cuando te pones a apretar teclas mirando a la pantalla. ¿Qué es políticamente correcto contar en el blog? ¿pondré algo de lo que luego me arrepienta? ¿se molestará fulanito si cuento que…? En definitiva: miedo. Y ayer ¿qué?, -¿qué de qué?- ¿acaso no sabes que es de mala educación responder a una pregunta con otra pregunta?. Pues fue un sábado atípico, hice un poco de shopping y me dí un garbeo por el Casco Viejo. La tarde fue fría. Empecé en el puente del Arriaga donde entré en la tienda de deportes (no me puedo creer que siga sin encontrar algo de ropa deportiva interesante) y no compré nada. Salgo de la tienda y mientras manipulo mi ipod para caminar acompañado de algo de ritmo ¡zas! el ipod al suelo. Rabia, vergüenza. Me giro y tomo rumbo a la plaza del Arenal. Allí tras unos segundo olfateado por un perro a la espera del verde del semáforo me adentro en las calles antiguas de la villa. Había ambiente pero cuando caminas con los pies descalzos todo parece frío. Tomé una de mis calles favoritas donde una vez compré unos pantalones inolvidables de-esos-que-solo-yo-me-pondría y vi algo interesante. Una chaqueta primaveral de cuadros azules pero de 70€. Una pena. Pero ¿antes?, antes es el momento de entrada. Cuando me dispongo a entrar un señor con pinta de ser el dueño me abre la puerta y me invita a pasar sin cederle el paso al que sale. En la primera mesa una dependienta rubia con la cabeza ligeramente hacia abajo me mira por el rabillo del ojo. Desconfiada. Como voy con los cascos puestos no sabe si saludarme, entonces yo me acerco un poco más mirando las zapatillas que están bajo la mesa en la que ella dobla, sonrío y le digo ¡hola! y ella corresponde educadamente mi saludo. Llevo unas pintas un poco rarillas (o eso creo) porque las dependientas no me quitan ojo en todo mi camino a lo largo de la tienda. Zapatillas altas negras con tachuelas, pantalones grises pitillo amontonados en la parte baja, la diesel de cuero y un pañuelo vaquero. En fin, creo que me estoy sintiendo incómodo de soportar tanta vigilancia así que decido marcharme. Al salir, y de forma premeditada, decelero mi paso al acercarme a la mesa de la entrada y acentúo mi saludo de despedida a la chica de la entrada. Decido tomar rumbo hacia mi otra tienda predilecta en la calle paralela. A esas horas ya se ve bastante gente socializando, paseando, críos riendo, papis y mamis orgullosos con sus cochecitos y algún turista tirando fotos. Ya estoy en mi tienda y ¡oh sorpresa! resulta que ahora es una tienda de deportes y esto me deja aturdido. No, ¡qué va!, entra ahí a ver si resulta que ahora voy a encontrar aquí esa ropa deportiva divina de la muerte. Pero no, no hay nada de mi gusto en esta tienda. Con esto sólo me queda la alternativa de la tienda de las Munich, muy chula pero hace tiempo que no la visito. Al llegar me encuentro con una tienda abarrotada por el efecto de los carteles de rebajas de los escaparates. Es una tienda de esas pijillas con un montón de cosas de marca y en esta ocasión a buen precio. Pero sigo en mis trece, las rebajas no son para mí. En fin era un preludio de lo que quedaba por venir pero eso otro día.
Salu2!